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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley

    Uno de los sitios más bonitos y que siempre me gusta visitar cuando voy a Rey Jorge en la Antártida, es la isla de Ardley. Esta pequeña isla está unida a Rey Jorge con un istmo, que  estando pendientes de las tablas de mareas te permite cruzar a ella sin necesidad de zodiac.

    Se puede llegar al istmo por un camino más largo o por un atajo. A mí me gusta este último, se avanza por el borde la playa y después hay que hacer una trepada por una zona de acantilados en la costa. Desde lo alto la vista es maravillosa, alguna foto nueva siempre hago cada vez que subo.



    Antes de alcanzar el istmo, hay una playa que suele tener focas de Weddell. Me gusta observarlas. De cuerpo redondeado, moteado, más oscuro por el lomo y más claro por los flancos y el vientre, pueden llegar a alcanzar los 3 metros. Con su cabeza pequeña, casi sin cuellos y sus ojos saltones, su expresión es… ¡de niña buena!





    Tras atravesar el istmo y avanzar por el interior de la isla, me maravilla siempre la cantidad de musgo que cubre una buena parte. Parece una verdadera alfombra de un gran espesor y entretejida con una gran gama de verdes. ¡Qué resistentes son! Expuestos a la rudeza del invierno de la zona y cubiertos por varios metros de nieve, aparecen de nuevo en el verano, frescos como si nada hubiera pasado.

    En un pequeño risco y antes de llegar a la pingüinera, hay un montón de nidos de petreles gigantes. Me encanta observarlos de cerca, sus peculiares picos… y maravillarme cuando extienden sus alas y con esa gran envergadura comienzan a volar. ¡Quien pudiera...!





    Avanzando un poco más, se alcanza el cerro donde se encuentra el faro de Ardley. Es peculiar esta imagen de la isla con su faro en la parte más alta de la misma, rodeado de pingüinos. De lejos parece una cabeza rapada con algunos pelos de punta.





    Si bien a lo largo de todo el recorrido uno ya se va encontrando con pingüinos, al adentrarse en esta zona uno cree internarse en un verdadero santuario de pingüinos. Miles de estas simpáticas aves habitan la isla. Se pasan la mayor parte del tiempo en el mar, donde muestran sus fantásticas habilidades. Son gregarios y muy sociables. Las especies que aquí hay son: el pingüino barbijo, el adelia y el papúa. Todas ellas alcanzan un tamaño aproximado de 70 cm., y durante el invierno emigran a regiones donde el mar está descongelado ya que se alimentan de peces, pequeños crustáceos y cefalópodos. Regresan a las pingüineras a mediados de octubre. Ponen dos huevos y la incubación se realiza por los dos integrantes de la pareja, alternándose. Las crías de los adelia siempre van algo más adelantadas y son algo más grandes.







    Es todo un privilegio avanzar entre los nidos, por las zonas más despejadas para no molestarlos, siempre muy despacio, en medio de riscos próximos al mar y con el casquete glaciar de la isla Nelson como telón de fondo.





    Adentrarte en este paraje tan espectacular, rodeado de ellos, viendo que no los perturbas, escuchando sus cánticos,… hace que te sientas como en otro pequeño paraíso. No sé, pero es tan extraño a veces, pensar que tantos lugares dentro de la Antártida me hacen percibir esa sensación de tranquilidad, de paz. Es como si el tiempo se detuviera y te adentraras en un lugar mágico. Tengo la sensación de ser una niña entrando en uno de sus cuentos preferidos y encontrando real todo lo que su imaginación pudo algún día crear.





    Observándolos y observándolos me quedo ensimismada, el tiempo se pasa volando y cuando me quiero dar queda el tiempo justo para regresar cruzando el istmo antes de la subida de marea.
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
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