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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Algunas situaciones de peligro

    Ángel, por fin te puedo responder a tu pregunta. Deseo que la espera haya merecido la pena. Ya me dirás.

    Antes de comentaros algunas situaciones de riesgo por la que hemos pasado, quiero que tengáis presente que una de las normas que tenemos en las expediciones que realizamos en GLACKMA es: “que el riesgo objetivo sea mínimo”. ¿Por qué? Sencillamente porque nos gusta mucho lo que hacemos y queremos seguir haciéndolo durante mucho tiempo más.

    Una de las situaciones de riesgo que con más intensidad recuerdo, ocurrió en el verano austral del 2005/06 en la Antártida, en el glaciar Collins donde trabajamos. Ese año habíamos llegado en diciembre a Rey Jorge, y estuvimos en la Base Rusa Bellingshausen. Pasamos después a trabajar a la Base Argentina Jubany y posteriormente en barco navegamos recorriendo la Península Antártica, hasta alcanzar Vernadsky, la Base de Ucrania.

    Diciembre de 2005 en el Collins. Había todavía mucha nieve en el glaciar. Estábamos terminando de tomar unos datos sobre el hielo antes de partir a nuestro próximo destino, Jubany. Esa zona del glaciar la conocíamos como la palma de la mano. Año tras años recorriendo cada rincón. En la cuenca que nosotros trabajamos no hay ni una sólo grieta, podemos andar con tranquilidad. Para poder terminar a tiempo, nos separamos, Adolfo quedó tomando unos datos en una zona y yo subía al Domo del casquete para tomar otros allá arriba.

    Nos separamos cada uno con nuestros objetivos. El día estaba nublado y comenzó a ponerse peor. Las nubes iban bajando de cota y pronto se convirtieron en niebla. Si la niebla es incómoda en la montaña, más todavía en el glaciar, ya que el blanco que te rodea por todos lados hace que pierdas totalmente la orientación.

    Sigo ascendiendo de cota. Pienso: “quizás debiera bajar, se está poniendo peor… Pero sería bueno tomar esos datos arriba, antes de la navegación a la Península Antártica”. Sigo subiendo. El hielo del glaciar no afloraba en ningún lado, estaba todavía cubierto con la nieve del invierno. Me detengo. Me parece querer ver en el suelo, como si existiera una grieta que estuviera cubierta por nieve. Observo bien. “¡La niebla!, qué lata, me complica todavía más la situación…”. Mi corazón comienza a latir con fuerza. No me atrevo a continuar subiendo de cota. Recorro hacia un lado y hacia el otro lo que me parece es la grieta… El problema de la nieve sobre el glaciar es que puede tapar las grietas del hielo, pero puede no estar lo suficientemente compacta para sustentarte si pisas sobre ella. “No puede ser, si es verdad que es una grieta, sería enorme… y en esta zona del glaciar no había nada en estos años anteriores”. Tras mis reflexiones y observaciones, decido seguir subiendo, no puede ser una grieta tan enorme que haya aparecido de la noche a la mañana… Regreso al punto en el que estaba realizando mis mediciones, para retomar el ascenso al domo del casquete glaciar. “No, no… Algo dentro de mí, me dice que no continúe”.

    Regreso, descendiendo cota, dirigiéndome hacia el punto de encuentro que había fijado con Adolfo. A mitad del camino de regreso, me detengo. “No, no puede ser una grieta tan enrome que se haya formado en un verano, tengo que regresar y terminar mi trabajo”. Cambio mi sentido de la marcha volviendo a ascender… Llego de nuevo al punto de las dudas y éstas me abordan de nuevo. El corazón comienza a latir con fuerza. Siento que estoy nerviosa. Pasitos a la derecha, a la izquierda… observo con atención… “No, no puede ser una grieta…”, pero “¿Y si lo es?” Siento la sangre con fuerza empujar en mis venas… Algo, dentro de mí me decía que no debía seguir. Una lucha interna entre lo que quiero hacer y lo que siento… Al final, decidí dejarme guiar por mi intuición y regresé.

    Pasó enero y febrero. Estuvimos en la base Argentina Jubany y entramos en la Península Antártica a la Base Vernadsky de Ucrania. A nuestro regreso, antes de dejar la Antártida, de nuevo en Rey Jorge, subimos al Collins para terminar de tomar esos datos que nos quedaban pendientes.

    Os dejo aquí una foto de lo que encontramos en el lugar de “mis dudas”. Para entonces, final ya del verano, la nieve del invierno se había fundido y el hielo del glaciar asomaba completamente. Me quedé paralizada al descubrir lo que había tenido a mi lado, y sin saberlo, unos meses antes. Me quedé muda, completamente muda de lo que podía haber pasado. Si en aquél momento no me hubiera dejado guiar por mi intuición, no estaría ahora escribiéndoos desde este Blog. De hecho ese año hubo un par de accidentes de caídas en grietas, uno con motos de nieve en el que murieron dos argentinos y otro fue un vehículo oruga, falleciendo tres chilenos.



    ¡Fijaros en el tamaño de la grieta! Y a partir de esa cota, había tantas que parecían las ramas de un árbol. Y contra todo lo “racional”, se generaron en un solo verano. Antes no existían. ¿A qué fue debido? Hubo una cantidad de descarga glaciar tan grande, es decir, se fundió una gran cantidad de hielo en tan poco tiempo, que el hielo del casquete glaciar deslizó en partes y en otras se agrietó. 

    Algunas otras situaciones de peligro hemos tenido en el Ártico, donde tenemos que llevar con nosotros el fusil, debido a la presencia del oso blanco. Para ellos somos comida. Trabajando en la intemperie y estando con tiendas de campaña, tenemos que estar en continua vigilancia… En alguna ocasión, del asentamiento más cercano a 11 kilómetros donde se encuentran las bases, se han acercado a avisarnos de que han avistado a un oso polar en la zona. En esos casos tenemos que aumentar al máximo la vigilancia.



    Otra situación de peligro, ocurrió también en la Antártida, hace un par de años. Viajábamos en pequeñas zodiacs desde la Base Argentina Jubany hasta la Base Rusa Bellingshausen. No eran muy buenas ni estaban indicadas para hacer esta travesía. Nos llevaban a 6 personas con bastante material. Tardaron más de media hora en poner en marcha la zodiac en la que yo viajaba. Allí en Caleta Potter esperando, salimos ya con agua en el fondo de la embarcación. Después el mar empezó a ponerse muy peligroso, las olas entraban por todos lados. En la que yo iba se llenó de agua, tuve que pasarme a otra en medio del mar abierto y un tremendo oleaje. En la que viajaba Adolfo se soltó el motor y el brusco giro que dio la zodiac casi les hace saltar por la borda. Pero eso no era todo, el viento había juntado un montón de fragmentos de hielo, que ha modo de barrera nos cerraban la ruta y había que andar buscando el camino con cuidado de no tocarlos. Al llegar por fin a Bellingshausen, nuestros amigos rusos se dan cuenta que veníamos sin traje de posición ni chaleco salvavidas… ¡Puf!, mejor no pensar lo que podía haber pasado… 

    En Islandia, aforando en un par de ocasiones en las que el río había crecido mucho… me llevó la corriente aguas abajo. Menos mal que Adolfo tenía instalado un sistema de seguridad y me sacó de allí antes de que llegase a tragar demasiada agua.

    Estos son algunos ejemplos, pero como os podéis imaginar hay más situaciones de peligro…, uno trata de olvidarse de ellas y de aprender para el futuro.
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