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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Una profunda tristeza, tan oscura y fría como la larga noche invernal antártica

    Al llegar a Bahía Fildes comienzo a sacar las cosas de mi mochila, para irlas secando. Se me había llenado todo de la cellisca y ahora con el calor del interior se está fundiendo. Una vez seca la agenda-PDA con la que había extraído los datos, la enciendo para analizar los ficheros de datos que descargué en la estación de registro del glaciar. Allí me fue imposible ver nada debido a las condiciones tan complicadas que tuvimos.



    Miro una y otra vez sin dar crédito a lo que tenía ante mí. ¡No puede ser! Los ficheros que he bajado de las sondas se terminan el 23 de febrero… ¿dónde está el resto de datos?, ¿se pararon las sondas?, ¿están ahora funcionando? ¡No, no puede ser! La estación está recién equipada del pasado verano, había hecho una última extracción de datos a principios de febrero, antes de dejar la Antártida en el Lautaro. Quedaron funcionando perfectamente, eran sondas nuevas, se supone que más robustas… ¿Qué ha pasado?, ¿Qué he hecho mal?

    Tengo que volver allí, tengo que ir otra vez. Y en lugar de utilizar la agenda-PDA emplear un ordenadorcito pequeñito de campo que tengo. Es uno especial para la intemperie, tiene un calefactor para aguantar temperaturas hasta -20ºC, resiste golpes, lluvia, la pantalla se ve bien en el exterior… Realmente es especial para el trabajo de campo. Lo había llevado antes junto con la agenda, pero decidí utilizar esta última porque es mucho más rápida la operación con ella, y las condiciones de intemperie exigían hacer algo en el menor tiempo posible. La operación con el ordenador es más lenta, pero hay más comunicación con las sondas, se pueden transmitir mayor número de órdenes a los aparatos.

    Me encuentro con Alfonso y le comento lo ocurrido. “Me voy a preparar y parto para allá andando, tengo toda la noche por delante hasta que mañana entre el avión”, le digo con seguridad. Con cara de asombro el Segundo me comenta: “Ya sé que eres muy porfiada, pero, ¿has visto cómo está fuera?”

    Me asomo por la ventana, a pesar de ser todavía el inicio de la tarde, la noche está cerrada completamente, el viento sopla con una fuerza tremenda, la cellisca sigue cada vez con más fuerza. Continua diciéndome: “Yo no sería partidario de que fueras en estas condiciones, pero ¿quieres preguntarle al Capitán?, ¿lo llamo?” Pienso en todo lo que han hecho ya por apoyarme y le digo: “No, no le molestes, cuando termine su trabajo ya le contaré”.



    Regreso a mi cuarto y vuelvo a observar una y otra vez los datos que horas antes había bajado de las sondas, tratando de entender algo que no tenía lógica ninguna. Pero, ¿qué ha pasado?, ¿cuál es el problema? Miro por la ventana, todo es negro salvo alguna pequeña luz encendida en el exterior que ilumina la trayectoria completamente horizontal de la cellisca. El rugido del viento indica la intensidad del mismo… “Sí, puede que sea una locura salir ahora al glaciar en estas condiciones”.

    Me siento tremendamente triste, abatida. Todo el esfuerzo para nada. No tenía que haber cruzado… Y encima como siga el tiempo malo y no entren más vuelos, tendré que quedarme a invernar aquí. Además con la entrada en erupción del volcán Cordón Caulle, puede que precisen el Hércules para allá y abandone Punta Arenas. ¡Vaya!, creo que no he sido consciente de donde metía. Esto es muy diferente del verano al invierno. No tiene nada que ver. Siento mi interior tan oscuro y frío como la larga noche antártica.

    Hablo con unos y otros de la dotación, contándoles sobre nuestras actividades tras habernos despedido de ellos a mediados de febrero cuando salimos de la Antártida, tratando de apartar mi mente de esa tristeza que me ha invadido. Cuando veo a Roberto, el Capitán, poco tardo en contarle lo que ha pasado con la extracción de datos. “A ver, espera, vamos a ver la predicción para mañana”, me dice con voz tranquilizadora.

    El informe meteorológico dice: “Nublado variando a cubierto, nevadas y ventisca. Viento sureste, 40 nudos con rachas de 60 nudos. Temperatura mínima -12ºC, máxima -10ºC y sensación térmica de -37ºC.”



    “Karmenka, en estas condiciones el vuelo mañana seguro que estará cancelado. A primera hora pediremos información sobre el plan de vuelo”, me dice Roberto. “Aprovecharemos en algún momento que esté un poco mejor e intentaremos la maniobra con las motos como hicimos hoy. Habrá más nieve debido a toda la que está cayendo, pero combinaremos motos y raquetas, seguro que puedes llegar a la estación”.

    Su manejo de la situación me tranquilizó, su voz segura me transmitió un atisbo de esperanza y comencé a sentirme más confortable. Si llego a la estación, quizá pueda conseguir algo con el ordenador. Al menos, si las sondas están paradas, ponerlas a funcionar para no seguir con la laguna de datos. Ojalá pueda hacer algo, no puede terminar esto de forma tan triste. Todo el esfuerzo personal y económico tiene que valer para algo, no puede esfumarse en medio de la fría noche antártica.
    • Una profunda tristeza, tan oscura y fría como la larga noche invernal antártica
    • Una profunda tristeza, tan oscura y fría como la larga noche invernal antártica
    • Una profunda tristeza, tan oscura y fría como la larga noche invernal antártica

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