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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Lo imposible no existe

    Un momento en el tiempo pero una aventura inmensa en la mente. Eso es lo que guarda el instante de la fotografía de este artículo. Os cuento y me entendéis.

    En las diferentes facetas de la rehabilitación del velero a lo largo de estos cuatro años, han pasado una gran variedad de sensaciones por mi interior. Una de ellas la recoge esta imagen. Era ya historia la etapa del lijado completo del velero, del desarme de todo el interior y exterior, de los trabajos de fibra, del pintado del exterior, de la fontanería y alguna cosilla más. Me enfrentaba a la etapa de la carpintería de ribera. Lo mismo que con todos los oficios anteriores, no tenía ni la más mínima idea.

    Sentada en la bañera del velero -protegido con telas para no estropear su reluciente pintura nueva-, subo los primeros listones de madera que había encargado, ya de diferentes tamaños según a lo que pensaba destinarlos. Así sentada, saco esta fotografía, observándolos de frente y preguntándome “¿y ahora qué?, ¿puedo con esto?”. En aquel momento no sabía que esta imagen, un año después, me movería tantas cosas por dentro.

    Lo que os describo ahora no solo me ocurrió esta vez y no solo aquí en el barco, es una constante a lo largo de mi vida. No exclusivamente de adulta, ya desde niña me han acompañado estos retos que sin ser del todo consciente de ello, me autoimpongo. Ahora he comprendido que al actuar así desde pequeña, sin saberlo entonces, me he ido entrenando. Son esas circunstancias en las que afrontas retos que “parecen” imposibles.

    Según voy evolucionando y aprendiendo en la vida, cada vez estoy más convencida de que “lo imposible se puede hacer posible”. ¿Cómo? Es algo que tenemos dentro de nosotros. Un pensar y convencernos de que en realidad es posible, de que lo vamos a conseguir. Un visionarlo con todo detalle.

    Muchas veces son nuestros propios pensamientos y creencias los que nos limitan. En ese momento de la fotografía que ahora recuerdo con tranquilidad, me invadió un torrente de sentimientos de incapacidad, impotencia y desesperanza. Como mi sentir es tan intenso, me emocioné profundamente. ¡No pasa nada! Soy así y me conozco. También era consciente de que tenía que ser capaz de enfrentarme a esos sentimientos. Mi válvula de escape en situaciones así, es dejarlo todo e irme a hacer deporte. Darme una buena paliza de ejercicio físico, y si puede ser en plena naturaleza, los efectos benéficos que ello produce en mí se duplican.

    En esa ocasión de mi inicio con los trabajos de carpintería en el velero, al regresar “fresca” mentalmente de mi carrera y nado por la playa, volví a sentarme en el mismo lugar frente a la madera y la pregunta ya no fue: “¿Puedo con esto?”, sino: “¿Cómo puedo con esto?”.

    Es en esos momentos cuando se valora la efectividad de una fortaleza mental y emocional. Recordad que un ganador es un perdedor que jamás se dio por vencido. Lo primero que hay que hacer es convertir lo imposible en improbable y después lo improbable en posible. Todo ello sin perder ni la ilusión ni la confianza en uno mismo, y creyendo en nuestras propias posibilidades.

    ¡Claro! Después de esta historia, os apetecerá saber qué fue de esas maderas y otras muchas que fueron llegando a lo largo de un año… Pero el resultado os lo enseñaré, cuando ya en breve, os desvele el velero en su totalidad. ¡Creedme!, merecen la pena la paciencia y la espera…

    • Lo imposible no existe

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  • ¿Queréis acompañar a mi mente en el río?

    Concentración. Primero que el río no me lleve. Precaución en los puntos donde la corriente empuja más y la profundidad es mayor. Las piernas siempre en tensión aguantando la fuerza del agua y los golpetazos de las piedras que arrastra en tantas ocasiones. El agua está más bien “fresquilla”, no llega a los 0ºC, pero no sube por encima de 1ºC. Viene directamente del glaciar, es ese hielo que se está fundiendo.

    El equipo para realizar estos aforos (mediciones de caudal instantáneo en los ríos) es muy delicado. Hay que trabajar muy fino con él. Es de mucha precisión. Hélice, cuentavueltas electrónico, sujeción correcta de la varilla, altura adecuada del punto de medición... Cuando la profundidad es grande, mantener la orientación correcta de la hélice es tarea complicada. La fuerza del agua es impresionante.

    Al principio las manos trabajan decentemente, pero según se van quedando frías, se incrementa la incomodidad para sujetar con fuerza y realizar correctas las mediciones. Mantente en esa posición, sin mover un solo músculo durante un minuto mientras la hélice gira según la velocidad del agua y el cuentavueltas hace eso: “contar las vueltas”. Repite medición para comprobar que no hay error en la medida. Avanza 30, 40 ó 50 centímetros -según sea la anchura del río-, con cuidado de que el agua no te envuelva en su cauce. Vuelve a prepararte para otra medición. Primero mide profundidad y después acorde con ella, recoloca la hélice en la varilla. Vuelve a contar vueltas de la hélice girando según velocidad… Y así, hasta alcanzar la otra orilla. Suelen ser unos 45-60 minutos en total, lo que dura uno de estos aforos en el río.

    No sé cuándo, pero llega un momento en que el frío ya se ha apoderado de ti, por fuera y por dentro. Y con ello la fatiga muscular. Eres consciente de que tienes que dejar la mente alejada de esa sensación y concentrarte en la medición. No puede haber error. Es como un entrenamiento. Las primeras veces me costaba más. Después le fui “cogiendo el truco”. Aún así, en ocasiones es difícil. La mente te quiere traicionar. Tremendamente caprichosa, la muy pilla aprovecha esos momentos para preguntarte: “¿Por qué estás haciendo esto?”; “Y si en lugar de estar aquí congelada estuvieras tumbada, relajada, leyendo, al calorcito…”; “Piensa que además tienes que autofinanciar el proyecto en muchas ocasiones”; “¿Y tú crees que la gente valora este trabajo?”; “¿Servirá para algo tanto esfuerzo?”; “Si la sociedad parece haber perdido el rumbo, tú no puedes hacer nada”...

    ¡¡¡Puf!!! Llegados a ese punto, te das cuenta de que el cuerpo está temblando de frío. ¡¡Calma, calma!! Concentración. Lo que importa ahora son las medidas. Fuera pensamientos. No les prestas atención. Los dejas ir, como si observases a un tren con sus vagones pasar delante de ti. Abstracción de esos razonamientos. Toca centrarse en el trabajo. Comienzas a mover los músculos interiormente para generar calor. Descubres con agrado que estás venciendo al tembleque y poco a poco se va esfumando. Te sumerges en tu tarea.

    Y así con paciencia resistes los 45-60 minutos del aforo… Es un triunfo alcanzar la otra orilla. ¡Bravo! Salgo del agua. ¡Conseguido! Una infusión caliente del termo, una caminata, unos saltos… hay que quitar el frío. Y ahora, ¿cuándo tocará medir otra vez? No se sabe, hay que estar pendiente del río, de las variaciones de su nivel. Él es el jefe para esta labor. Puede ser dentro de cinco horas, de diez o al día siguiente. Lo único seguro es que habrá que volver…

    Si por las condiciones meteorológicas existentes, el frío que se agarró a tu cuerpo no te abandona fácilmente, lo mejor es después de tomar algo caliente y moverte un poco, meterte en el saco dentro de la tienda de campaña. Viviendo a la intemperie es la opción más acertada. Si además coges un poco el sueño y duermes unos minutos, cuando abres los ojos y contemplas encima el techo de la tienda de campaña y a tu alrededor el saco, tu cara se ilumina con una sincera sonrisa, te llenas de un exquisito confort y te sientes tremendamente afortunada. ¡¡Ya estoy lista para volver al río!!

    • Karmenka aforando en el río glaciar

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  • Aquí y Ahora

    No pienses en las cosas que fueron y pasaron.

    Pensar en lo que fue, es añoranza inútil.

    Pensar en el futuro, es impaciencia vana.

    El lugar el AQUÍ

    El tiempo el AHORA

    AHORA y AQUÍ

    AQUÍ y AHORA

    • Aquí y Ahora

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  • 18/12/2017

    - sueño , ilusión , velero

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    El secreto del éxito

    Era agosto cuando os escribía el último artículo en el blog. Lo hice desde mi “astillero particular” creado en torno al velero que lleva parte de mi alma. Me faltaba muy poco ya para terminarlo y echarlo por fin al agua, tras cuatro años de trabajos intermitentes durante los fines de semana. Confiaba en que a principios de septiembre el velerito saborearía las aguas del Cantábrico y yo me llenaría de sensaciones inolvidables.

    No pudo ser, no me dio tiempo a terminarlo para entonces. Abriéndoos mi corazón os confieso que la desilusión me hizo una visita. Tenía tantas ganas ya… que lo veía en el agua, lo imaginaba surcando los mares, me imaginaba en la bañera del velero con la caña en la mano, oteando el horizonte y manejando el timón. ¡Qué ilusiones!, ¿verdad? Como una niña pequeña llena de ingenuidad…

    A partir de aquel momento se sucedieron las semanas, una tras otra, sin respiro alguno, ni siquiera para un ratito de sosiego y quietud conmigo misma. Los cuatro meses de septiembre a diciembre, vinieron y pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Desbordada de trabajo y quehaceres, no pude dedicar ni cinco minutos a mi velerito. Según avanzaban los meses, mi sensaciones fueron variadas. De una primera etapa en la que creía que iba a poder volver a retomar los trabajos en breve, a una segunda en la que lo percibía lejos, como si fuera una historia de otra vida o se hubiera tratado de un sueño que finalizó de golpe al despertarme. Se sucedió una tercera etapa en la llegué a sentir que lo tenía abandonado… Y ahora estoy en la cuarta, más gratificante que las anteriores. Voy a poder retomar el trabajo en las vacaciones de Navidad.

    En estos momentos estoy como en una cuenta atrás antes de lanzarme con fuerza a una carrera, y al mismo tiempo como una pequeña aprendiendo a restar con los dedos de las manos y esperando con una ilusión desbordante lo que anhela con toda su inocencia. Y yendo un poco más allá en la imaginación, sumergiéndome en la grandeza del Cosmos, del Universo, el velero parece representar una Nebulosa, brillante por esos gases y polvo estelar que la forman y con esa fantástica apariencia que nos encandila irremediablemente. Con su capacidad de generar nuevas estrellas… nuevas aventuras, proyectemos a la Tierra…

    Y en medio de tal amalgama de recuerdos y sensaciones, con este final -que en realidad es un inicio- cercano en potencia, y liberándome de la vorágine del mundo en estas semanas navideñas, me evocan un par de reflexiones que aquí os las dejo por si os aportan algo, igual que lo hacen habitualmente conmigo:

    “Los grandes logros requieren grandes riesgos”.

    “El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder entusiasmo”.

    • El secreto del éxito

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  • El velero que lleva parte de mi alma

    ¿Quién lo iba a decir? Aquí, en medio de lo que yo llamo civilización, me encuentro en plena expedición. Rodeada de gente en un entrono próximo, pero aislada en realidad; preparando comidas básicas de subsistencia; apañándome para las necesidad básicas de higiene o limpieza de utensilios de cocina y ropa, con algún río cuando de la sal del agua del mar ya estoy saturada. Pero todas esas tareas primordiales son sencillas, rápidas y reducidas al mínimo, lo justo para poder sacar adelante el objetivo fundamental: terminar el velero en este verano. Aquí en medio de la civilización, me siento felizmente aislada y concentrada en mi meta.

    Ultimísimos trabajos de astillero. Queda muy poco para terminar esta tarea que comencé hace casi cuatro años. Durante los fines de semana y las vacaciones. En Asturias, viniendo cada vez desde Salamanca. Restauración de un velero que prácticamente ha sido construirlo de nuevo, aprovechando el cascarón e incluso teniendo que realizar importantes reparaciones en el casco. ¿Misión imposible? Con esas pinceladas, así lo parece.

    Pero si además añadimos unos toques de perseverancia, tesón y paciencia, entonces el cuadro que vislumbramos es hermoso, único, inolvidable y… algo más. Es un sueño que está a punto de inmiscuirse en la realidad. Mejor dicho, el inicio de un sueño del que asoma solamente la puntita, como si se tratara de un iceberg flotando en el mar… El sueño completo o el eslabón siguiente en esa cadena entretejida de ilusiones necesita de este velero en libertad.

    Me resulta muy difícil describir las sensaciones que tengo en estas semanas. Es un periodo que jamás volverá porque ese tránsito del mundo de los sueños al mundo real, solo ocurrirá una vez. Será hermoso después tenerlo en el mundo real y poder seguir maquinando otros sueños a partir de éste. Pero ahora, el presente es una etapa mágica que resplandece con fuerza y hay que disfrutarla, saborearla, abstraerse de cualquier problema y vivirla a tope. Es un periodo de emocionarse día tras día, pensamiento tras pensamiento, logro tras logro, reto tras reto. Es muy intenso el sentir. Muy profundo. Cada sensación parece tatuar con fuerza mi alma. Un tatuaje que no se borrará jamás. Es una huella de identidad.

    Estos días que comparto ya con el velero no solo las horas de trabajo, sino la jornada completa de las 24 horas, aunque sea en tierra todavía, estamos creando una integración perfecta. Para vivir las aventuras que en la mar vamos a realizar juntos, tenemos que estar compenetrados. Superando las pruebas y dificultades que a modo de torrente continuo han ido apareciendo a lo largo de los cuatro años en esta etapa de astillero, he sido consciente de que el velero se ha quedado con parte de mi alma. Lo percibo, lo siento con toda claridad. Se la he identificado… Ahora, son esos retoques finales en este compartir que harán, que en breve, seamos una única esencia surcando la inmensidad de las aguas del Cantábrico en primer lugar. Alcanzaremos esa libertad tan ansiada. Compartiendo el alma es más fácil, es más coherente, es más hermoso ese tránsito del sueño a la realidad.    

    • Cocina del velero

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  • Sencillamente, GRACIAS

    Sí, a ti…, a ti…, a ti también, a todos y a cada uno de vosotros. Es un agradecimiento a todos los que nos habéis estado acompañando en esta expedición, habéis estado pendientes de cada siguiente artículo. A los que habéis disfrutado con nuestras alegrías y os habéis entristecido con nuestras dificultades. A los que habéis sido capaces de hacer vuestras, cada una de nuestras sensaciones. Estando en la distancia habéis logrado manteneros cerca, a nuestro lado, apoyándonos, dándonos ánimo en los momentos duros y complicados.

    A los escolares que nos acompañaron virtualmente en la expedición, ya les había escrito antes de que terminasen sus clases para darles las gracias, pero me quedáis vosotros. Y os voy a llamar también, “jóvenes expedicionarios”, porque habéis vivido día a día la expedición con nosotros y sois jóvenes. Para mí la juventud no está en los años que se viven, que a eso lo llamo experiencia y sabiduría, para mí, la juventud es el espíritu, el niño, la niña, que todos llevamos dentro. Y vuestra ilusión al acompañarnos virtualmente durante estos meses, es la mejor señal de que puedo deciros, “jóvenes expedicionarios”.

    Pues sí, a todos vosotros, no sé cómo deciros que os estoy tremendamente agradecida. Solo se me ocurre, con cariño dedicaros una sonrisa emocionada y la palabra mágica “GRACIAS”.

    • GRACIAS

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  • Sensaciones pululando por mi mente

    Salamanca. Llegada del Ártico. De -16ºC (bajo cero, ¡sí!) a 40ºC (sobre cero, ¡sí!).

    Asfixiada. No soy persona. Necesito aquel fresquito. Mi mente remolona está allá todavía. ¡Es una privilegiada!

    Me pesa todo el cuerpo. No soy capaz de hacer nada. Completamente desubicada. Tumbada en la cama casi desnuda. Delante, ese cuadro en penumbra. Mi primera inmersión en Svalbard.

    Con la mirada penetro en el mágico paraíso de los hielos. Sonrío. Es del 2001. Estamos en el 2017.

    Glaciares. Me regaláis una paz infinita. Me brindáis felicidad inmensa. Me hacéis sentir tremendamente afortunada. 

    Y tristemente desaparecéis a toda velocidad…

    Yo solo soy un diminuto personajillo. Navego continuamente entre el mundo de los hielos y el mundo civilizado. Avisando, alertando. Esta es la realidad de las regiones polares.

    ¡¡Hola!! ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha? ¿Alguien me entiende?

    Silencio… Todo sigue igual. Me invade la tristeza. ¿Qué puedo hacer? Habrá que olvidar ese deambular entre los dos mundos…

    Me quedo dormida. Sueño…

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    Despierto. No, no es un sueño. O, sí lo fue... Pero se ha fundido con la realidad.

    Un momento… ¡Eh! ¿Qué escucho?

    Parecen vocecitas, suaves, lejanas. Risas infantiles, jóvenes, sinceras. Cada vez más cerca. Es ya un griterío. Contagioso alborozo. Ilusión desbordante.

    Corean armoniosamente: “Karmenka, Karmenka, estamos aquí. No te olvides de nosotros. Mucha suerte en la próxima expedición.”

    Emoción intensa. Un mar de lágrimas en mis ojos. Un mar que me brinda sus aguas. Un mar que hay que cruzar navegando. Este personajillo tiene que seguir surcando las aguas entre los dos mundos. El de los hielos y el civilizado.

    A ellos… sí le importa. Y ellos estarán mañana… Con eso es suficiente.

    • El mundo de los hielos

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  • ¿Por qué?

    El hoyo en la nieve helada avanza y por fin empieza a aparecer algo…

    ¿Qué es? Un tornillo de expansión comúnmente llamado bolt, de los que clavamos en la roca para sujetar la barra metálica a la que fijamos las sondas. ¡Eh! ¡¡Pero no está la barra!! ¿Qué pasa? Seguimos avanzando con el agujero en la nieve y aparece un segundo… y un tercero… y así llegamos hasta un sexto. Según va apareciendo cada bolt, dentro de mí recibo una especie de golpe, de sacudida.

    Parece que no está la estación y todo apunta a que haya sido una labor humana, no un efecto producido por la naturaleza. Si hubiera sido por una crecida importante del río, se hubieran aflojado los tornillos clavados para posteriormente soltarse la barra. Pero no, los bolts están ahí, completamente fijos. Siguen anclados en la roca porque estaban muy bien instalados. Da la sensación de que con una llave desenroscaron las tuercas y sacaron la barra metálica y con ella las sondas instaladas en el fondo del cauce del río.

    El tiempo se para. Tengo la sensación de estar atrapada en un silencio absoluto. Si tuviera que explicar qué es la nada, describiría este momento. A continuación es todo lo contrario, recorren mi mente en cuestión de segundos y a velocidad de la luz, un sinfín de imágenes que captan en un abrir y cerrar de ojos, todo el esfuerzo personal y económico que durante años ha supuesto el mantener esta estación que ya no existe y el trabajar en ella. Sacrificios, condiciones duras, muy duras a veces. Casi inhumanas en ocasiones, en serio, ¡creedme!. No me apetece ahora describirlas. Quién sabe, a lo mejor algún día, cuando el tiempo siga su avance imparable, me siente ante el ordenador y os narre algunas de las anécdotas de esta estación, que ya forma parte del pasado… Pero, ¿qué importa ahora?

    Datos perdidos desde el 2009, medidas cada hora registradas desde entonces… ¡¡Todo eso desaparecido!! ¿Por qué? ¿Por qué no nos han contactado antes? ¿Por qué? ¿Por qué?... No entiendo al mundo. No entiendo a la gente. A nadie le importa nada. Qué más da que el hielo se funda a toda velocidad…

    Cambiamos de planes. Ya no reinstalamos esta estación. No tiene sentido. Sin datos desde el 2009… No merece la pena seguir midiendo con esa laguna tan grande de datos. Con el teléfono satelital contactamos al helicóptero. Adelantamos nuestra salida. Mañana por la mañana nos viene a recoger.

    Tarde-noche preparando y embalando todo el material de nuevo para tenerlo listo a la llegada del helicóptero a la mañana siguiente. A pesar del ajetreo entre bolsas, equipo y cajas, ya no lo puedo ocultar más, ni mantener dentro de mí por más tiempo. Tengo que liberar del interior esa presión que a modo de latidos me sacude con fuerza. Esas lágrimas cómplices resbalando por mis mejillas son las encargadas de favorecerme ese escape … Me siento triste. Ya me animaré. Pero en este momento necesito entenderme a solas con esa desazón e impotencia. Claro que pasará y seguiremos adelante con nuevos planes y pensando en positivo, pero eso no implica que no pueda sentirme triste… La resiliencia está ahí y me empujará a seguir proyectando hacia el futuro, como no puede ser de otra manera. Esto terminará pasando a ser solo un desafío más. Pero en este momento toca mirar cara a cara a ese sentimiento de tristeza que en mi interior se ha generado.

    • No está la estación del Ártico Sueco

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  • Llegó la hora de la verdad

    Ahora sí, os voy a terminar de relatar a todos el final de la expedición al Ártico Sueco.

    Cuando la temperatura empezó a subir ya de 0ºC durante las horas centrales del día, y las mínimas nocturnas estaban bajo cero, pero muy cerca de este valor, nos pusimos manos a la obra. Mañana será el gran día. Buscaremos las sondas bajo la nieve y podremos salir de dudas sobre su existencia o no.

    La noche anterior preparamos la estrategia. Lo primero es observar bien y estudiar las fotografías que tenemos de cuando hicimos la instalación de la estación. Cualquier pista nos puede venir bien a modo de guía cuando empecemos mañana a abrir el hoyo en la nieve y tengamos que ir redirigiendo hacia dónde continuar.

    Me meto en el saco con una cierta preocupación y una cierta ilusión. Es extraño que hayan quitado la parte de arriba de los lectores y no la de abajo, la que está metida en el río. Pero por otro lado, si lo hicieron en verano y el río llevaba bastante agua, las que están allí fijas no las habrán podido sacar… Es una duda en la que no tiene sentido seguir pensando, probablemente mañana encontremos la solución. Me quedo dormida rápidamente, el cansancio de trabajar día tras día a la intemperie en estas condiciones árticas, termina pasando su factura.

    Me despierta el calor dentro de la tienda. ¡Claro! Acostumbrados como estábamos a las bajas temperaturas, cualquier pequeña subida lo nota el organismo rápidamente. El día está despejado, como no hay noche, el sol lleva unas cuantas horas calentando el aire del interior de la tienda. Día perfecto para comenzar la búsqueda. Tras un buen desayuno energético, un baño en el río bajo este sol con su luz rasante -propio de las zonas polares- es la mejor manera de empezar una jornada ártica.

    No duró demasiado el sol visible y pronto empezó a soplar un viento fuertecillo y más bien fresco. Condiciones que hacen, que con más ganas, Carlos y yo fuéramos abriendo el hoyo en la nieve. Tenemos una pequeña azada que habíamos llevado con nosotros y junto con una pala que encontramos al lado de una de las puertas de la estación científica próxima, empezamos la tarea. El sol solamente había ablandado un poco los primeros centímetros de la superficie de la nieve. El resto está dura, helada. Así que la estrategia diseñada es, uno emplear la pequeña azada a modo de pico y acto seguido el otro con la pala, retirar esa nieve.

    El trabajo de estudio y observación que habíamos hecho la noche anterior con las fotografías nos hizo adelantar tiempo y ahorrar trabajo. Pues según empezamos a apartar la nieve y comenzamos a ver lo que nos iba aflorando, redirigimos la zona central del hoyo. La verdad es que trabajar con Carlos es una gozada, porque además de estar con las cámaras grabando, está siempre ahí a pie de cañón, ayudándome con la tarea que toque, en este caso la de apartar la nieve. Cuántos operadores de cámara, escudándose en su trabajo de grabar, no se hubieran molestado en coger la azada o la pala y de remangarse mano con mano conmigo para picar y apartar la nieve helada.

    El cielo ya está completamente encapotado, el viento es más fuerte y más frío y es necesario trabajar en la nieve con ganas para no quedarse helados. En uno de esos momentos de recuperación, mientras es Carlos el que pica la nieve y yo espero mi turno para entrar en el hoyo, un sinfín de pensamientos pasan por mi mente.

    Por un lado, veía a Adolfo allá atrás pendiente del resultado. Por otro, observaba las cámaras en sus trípodes que tenía Carlos grabando y finalmente contemplaba a éste, dándolo todo por ayudarme en la misión de la búsqueda de las sondas. ¿Estarán o no estarán?, ¿nos las habrán quitado?, ¿estaremos sin datos o tendremos todo en orden y funcionando? Por un momento me puse en el caso de la alternativa no deseada. Una punzada me hizo daño dentro. En seguida pensé que era una suerte no estar allí sola.

    Después no sé qué paso, en un abrir y cerrar de ojos, me evadí de esas reflexiones y no sé cómo, me encontraba observando todo esto desde arriba, como si fuera el dron de Carlos sobrevolando y grabando para siempre la situación. Nos vi allí a los tres, cada vez más lejos, más abajo, más pequeñitos, mi punto de vista cada vez más arriba. Todo era blanco, esa inmensidad del ártico. Nosotros éramos ya unos insignificantes puntitos en la nieve. Seguía subiendo y subiendo y no pude seguir contemplando lo que acontecía allá abajo porque me perdí entre las nubes. De repente, volví a la realidad. “¡Eh, Carlos!, es mi turno. ¡Descansa!”. No sé cuánto tiempo había estado ensimismada en mis pensamientos, pero a juzgar por toda la nieve helada que Carlos había picado, fue un buen rato…

    • Cavando en la nieve helada para buscar la estación

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  • Hermoso baño de ilusión sincera

    Estamos ya por España con una asfixia de calor increíble, y aunque tengo que contaros todavía el final de la expedición -tarea pendiente para un siguiente artículo- quiero narraros, en el momento presente, las visitas que me han dado tiempo a realizar a los centros expedicionarios. El cole terminaba ya, así que había que apresurarse y aprovechar esos ultimísimos días antes de vacaciones.

    Por tiempo, por distancia y por economía -que la expedición me ha dejado en números rojos- solo he podido visitar a los centros participantes de Salamanca, tanto de la ciudad como de su provincia. También ha coincido que han sido los expedicionarios que más han participado en el blog, así que de alguna manera pueden considerarlo como un premio a su continuo apoyo y trabajo. La primera cosa que querían saber nada más verme, era qué había ocurrido con la sonda, “¿la encontrasteis?, ¿tenéis los datos?, ¿estaba bien?”... Ellos ya saben lo que ha pasado, los demás tendréis que esperar al siguiente post del blog.

    Comienzo con el Colegio San Estanislao de Kostka ubicado en la propia capital charra, son alumnos de 4º ESO, entre 15 y 16 años. Después me voy a la sierra y en Béjar, acudo a dar una sorpresa a los expedicionarios de 11-12 años, de 6º de primaria del Marqués de Valero.

    Tengo muchas anécdotas y no os puedo contar aquí todas, pero para que os hagáis una idea, os relato alguna. Me llama la atención que los expedicionarios más mayores del primer colegio, acudan a verme a las 8:30 de la mañana, no siendo obligatorio tener que estar esa hora y ese día en clase… La juventud tiene sus tesoros, nosotros tenemos que saber darles oportunidades que merezcan la pena y que ellos sean capaces de elegir. Me encantó la pregunta: “¿Cómo te has hecho expedicionaria?”

    En Béjar fue increíble porque entre su profesora Isabel y yo, preparamos un plan sorpresa que dio un magnífico resultado. Cuando aparecí se echaron todos sobre mí para darme un gigante abrazo y me sacaron fuera del pabellón por la energía con la que se lanzaron… Volví a entrar y completar los abrazos a los que habían quedado más distantes en ese hermoso e inolvidable abrazo grupal. Charlamos, jugamos, me regalaron una foto del grupo, me decoraron la pizarra. Hermosa pregunta: “¿Cómo haces para, después de recibir un contratiempo y otro y otro y otro, seguir siempre hacia adelante?”. Preciosa despedida bajando yo por la acera y ellos acompañándome desde el patio en todo el recorrido y a través de la verja coreando en grupo: “Karmeeeenka, Karmeeeennka… Karmenka te queremos mucho”.

    Segundo día de visitas y último día de cole -ya veis, apurando al límite-, empiezo a primera hora con otro centro en Salamanca, también de 6º de primaria en el José Herrero y de nuevo a la sierra, en este caso para ver a los expedicionarios entre 3 y 12 años de Los Jarales, juntando a los colegios de San Miguel de Valero, de San Esteban de la Sierra y de Valero, pues se trata de un Colegio Rural Agrupado.

    En el José Herrero es un grupito reducido pero súper cercano. Charlamos y charlamos y charlamos con una gran proximidad. El tiempo se me pasó volando, tenía que dejarlos para continuar mi ruta a la sierra. Me encantó el comentario que hicieron: “Era bonito veros sonrientes en los vídeos a pesar de las dificultades que estabais pasando”. Recibí unos regalos sorpresa que de forma espontanea unos expedicionarios me habían hecho… ¡Qué detalles! Hermosa despedida con abrazos muy cercanos y sinceros. Me dan las gracias por la visita y por haberlos hecho expedicionarios.

    Sin perder un instante me pongo en ruta a Valero para poder ver a los expedicionarios de los tres pueblos antes de que se vayan. Es el último día de cole, último rato de la mañana… Por los pelos… Nada más llegar, Inés -la coordinadora de los tres colegios- me presenta a Álvaro, ese expedicionario de tres años que me había dicho en el blog que me quería mucho e insistía según avanzaba la expedición, que me quería mucho. No se podía creer que estuviera allí, Inés le decía: “Es Karmenka, es ella de verdad, de carne y hueso”. Qué abrazo más bonito Álvaro, jamás olvidaré tu carita emocionada… Habían estado utilizando el blog no solo para las clases de ciencias naturales, sino también como lecturas y aprendieron que una matemática no solo sabe de matemáticas. Y de nuevo la pregunta: “¿Cómo podéis hacer todas las cosas, aunque algunas sean tan difíciles?”. Después nos vamos a las piscinas naturales del río de Valero y nos damos un baño. Inés me había llevado un bañador -¡vaya detalle!-, así que pude meterme en el agua con todos estos expedicionarios.  

    A todos los participantes de todos los centros les habían encantado los vídeos, estaban maravillados y querían más… ¡Infinitas gracias Carlos por tanto trabajo y tan bien hecho! Ya ves que estos pequeños gigantes saben valorar el esfuerzo mucho mejor que algunos adultos. Seguro que estarán pendientes de los vídeos que vayas realizando en el futuro, con todo ese magnífico material que has grabado en esta expedición.

    Hablando de vídeo, aquí os dejo uno -si me permito el lujo de llamarlo así- que recoge algunos momentos de estas visitas. Está hecho con el teléfono, todo sin preparar, improvisando. Me da un poco de vergüenza dejaros esta “chapuza” de video en cuanto a calidad y más después de las maravillas que os ha brindado Carlos, pero miradlo solo con el sentir y con lo que os transmite, simplemente busco compartir un poco con vosotros esas sensaciones tan lindas que los expedicionarios me han regalado.

    A los profesores, Juan Antonio, Isabel, Carmen, Inés y a todos los demás que habéis participado pero no he podido ir a veros… ¡qué lujo de profesores! Infinitas gracias por hacer que vuestros alumnos hayan podido seguirnos en esta aventura polar científica.

    Y a todos los expedicionarios (los visitados y los no), infinitas gracias por tanta cercanía, por vuestro cariño sincero, vuestra ilusión, vuestra emoción, vuestro apoyo en los momentos complicados. Os voy a echar de menos… Yo también os quiero mucho…

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