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Blog: Karmenka desde los Polos

  • El éxito es el fracaso superado por la perseverancia

    (crónica recibida por teléfono satelital, Fotos: Karmenka en directo)

    La nieve helada me golpea la cara con fuerza, tengo que quitarme las gafas ya que mi respiración acelerada hace que se me empañen. Los caprichosos copos arrastrados con fuerza por el viento me hacen entrecerrar los ojos.

    Quitar la protección de los cabezales que protegen los lectores de la sondas se convierte en una tarea casi interminable en estas condiciones de ventisca. Necesito operar con mis manos desnudas, ya que los guantes me impiden estas maniobras tan delicadas y precisas. Se me quedan heladas rápidamente, así que mi mente maquina una especie de alternativa. Una mano con guante y la otra no, intercambiando el papel de la protección antes de que la desnuda pierda el tacto. Sería catastrófico quedarme sin tacto, ya que tardaría mucho después en recuperarlas. Tengo que evitar esa situación.

    Una vez que los lectores de las sondas están al descubierto, tengo que emprender otra maniobra delicada. Sacar el ordenador de campo, encenderlo y preparar el programa, así como el cable de conexión. El ordenador es el robusto y especial para estas condiciones, del que os hablaba el otro día, pero es muy chiquito. La pantalla mide unos 12 cm. de ancho por 8 de alto. Imaginaros el tamaño de la letra.

    Para que os terminéis de hacer una idea, se me cubre continuamente de nieve que se queda helada y tengo que andar apartándola. Las gotas de agua que quedan del hielo fundido tras mi limpieza con la mano, hacen que esos tamaños de letra tan diminutos los distinga todavía con más dificultad. Para terminar de describir la situación imaginaros la cellisca golpeando mi cara y mis ojos.

    Con todo listo engancho un extremo del cable de conexión al ordenador y el otro a una de las sondas. Tardo un rato, mis manos se mueven lentamente por el frío. Hago conexión con el ordenador y la sonda… ¡Bien, y la sonda está funcionando! Algo es algo. Apartando una y otra vez la nieve helada de la pantalla, busco en el menú del programa la opción de descargar los datos antiguos. Bajo una serie de fichero… ¡Puf… algo tengo!

    Ahora debo convertirlos, ya que bajan en un formato máquina que no puedo leer. Me lleva un ratito…, aumentan mis nervios. Ficheros convertidos. Se acerca la hora de la verdad, tengo que abrirlos. De nuevo aparto la nieve helada de la pantalla. Cambio mi guante de mano. Mi corazón palpita a 200 por hora. ¡Sí, sí, sí…! Fichero de datos completo. No hay laguna de datos. Todo está bien. Seguramente al hacer la extracción de datos ayer con la agenda se cerró la comunicación debido al frío. Ahora con el ordenador ha sido posible extraer la serie completa gracias al calefactor que tiene. ¡Genial, genial, genial! Mi emoción es tan fuerte que se me escapa alguna lagrimita, pero se confunde con la nieve que se funde en mi cara.

    Ahora repito la operación con la otra sonda. Al aproximarme al extremo del cañón resbalo en el hielo que se ha formado en el borde y ¡zas!, un rápido movimiento –creo que instintivo al haber hecho la instalación en su día- me permite agarrarme a uno de los tubos que protegen los cabezales de la sonda. Quedo colgando de este agarre y con cautela me retiro hacia atrás hasta poner los pies firmes.

    Después continúo con la operación en la segunda de las sondas. Oigo la voz de Alfonso llamarme preocupado. Asomo la cabeza de entre las rocas cubiertas de nieve y agito mi brazo. “Todo bien. Cinco minutos y listo.” Había venido a buscarme con la moto, los otros tras liberar las motos del último atasco se había ido a espera ya Artigas, para ir tomando algo caliente.

    Al terminar me doy cuenta de que estoy casi congelada. Recojo todo, bajo con cuidado del cerro helado y recorro los 100 metros que me separan de Alfonso y la moto. Con una sonrisa de oreja a oreja le transmito mi infinita alegría. “Todo está bien. Tengo la serie de datos completa y las sondas están funcionando perfectamente. Muchas gracias, muchas gracias por el apoyo. Todo el esfuerzo mereció la pena”.

    Pasamos por Artigas para tomar un café caliente y sin más demoras de nuevo a las motos para emprender el recorrido de vuelta. Sigue empeorando el tiempo y nos queda un largo camino por recorrer.

    Regreso en la moto feliz, inmensamente feliz, con una alegría cándida e inocente. Al pasar frente a la Base Rusa Bellingshausen, compruebo que el cartelito de “Salamanca 12512 km” sigue en el indicador kilométrico que tienen frente al edificio principal. Allí está desde el año 2000. ¡Cuántos recuerdos!

    Al llegar a Bahía Fildes allí estaba el vehículo oruga de los uruguayos. Tras sus gestiones por la Base Chilena Frey, pasaron por Fildes para saludar a la dotación y ya estaban a punto de regresar a Artigas. Llevaban a un grupo de argentinos que habían cruzado el otro día desde Jubany hasta Artigas y ahora esperaban el buen tiempo para poder regresar a la Base Argentina. Los voy saludando y… ¡tremenda sorpresa!, entre ellos está Maxi, quien nos había ayudado durante el pasado verano con nuestro trabajo en el glaciar cuando estuvimos en Jubany. Una tremenda alegría volver a verlo.

    Pero mi alegría del día no queda ahí. Me dice Roberto que la predicción meteorológica para mañana es muy buena y casi con toda seguridad que podrá entrar el avión desde Punta Arenas.
  • Una verdadera odisea

    Apenas duermo tres horas en toda la noche, muchas sensaciones y emociones experimentadas en un solo día. Con seguridad sé que recordaré esta jornada a lo largo de mi vida. En el exterior, el tremendo vendaval y la cellisca son mis compañeros inseparables que a modo de música de fondo en un película, me hacen sentir con más intensidad todo lo recientemente acontecido.

    Por fin es hora de levantarse. ¡Qué ganas de ponerme manos a la obra! Fuera todavía hay completa oscuridad. Tras el desayuno y según va aclarando el día, Roberto comienza con sus investigaciones para tratar de ayudarme. Lo primero es confirmar la meteorología para hoy. Efectivamente el parte que dieron ayer como predicción se está confirmando, e incluso con rachas de viento más fuertes todavía. El siguiente paso es corroborar que no hay plan de vuelo para hoy. De momento todo perfecto…

    Otra observación que Roberto ha ido haciendo desde ayer es controlar la evolución de la presión atmosférica. Parece que ahora comienza a subir un poco… Quizás tengamos un ratito no tan complicado y las condiciones del exterior nos dejen llegar a la estación. Realmente sabe manejar la situación en un lugar con tan difíciles condiciones.

    A continuación organiza la expedición: en una moto delante irá Alfonso llevándome, que ya conoce el camino de ayer, una segunda moto con otros dos compañeros vendrá detrás por seguridad. Yo llevaré las raquetas y donde no podamos continuar avanzando, saldré andando hacia el lugar acompañada de Jaime, otro miembro de la dotación que viene en la segunda moto.

    Tengo todo mi equipo listo y hacia las 10:00 que parece no estar tan cerrado, nos ponemos en ruta. Avisan a la Base Uruguaya Artigas de que salimos hacia la zona, para que estén informados del movimiento por si necesitamos algún tipo de ayuda. Parece que algo más tarde, ellos van a venir hacia acá con un vehículo oruga. De manera que si tenemos algún problema por el camino nos encontrarán y podrán echarnos una mano.

    Nada más recorrer unas decenas de metros es fácil comprobar que las condiciones nada tienen que ver con las de ayer. El recorrido parece estar infranqueable, la tormenta prolongada durante la tarde, la noche y ahora por la mañana, ha acumulado grandes cantidades de nieve en cada pequeño recoveco del camino.

    Alfonso se maneja de manera espectacular con la moto y rápidamente nos coordinamos para evitar que se atasque cada poco, inclinándonos sobre ella, dando pequeños saltitos y demás estrategias que vamos aprendiendo sobre la marcha. En otras ocasiones, nada más que la moto queda bloqueada y atrapada en la nieve, me bajo yo sin perder un solo instante, él pone marcha atrás, le ayudo empujando el vehículo y logramos liberarla.

    Los otros dos compañeros que nos siguen en la otra moto, tienen más problemas, se nota que no han tenido el “entrenamiento” de ayer. Cuando se les queda atascada acudimos a echarles una mano para liberarla, empleando para ello las palas que llevan las motos con el fin de apartar la nieve.



    Las condiciones un poco menos malas duran realmente poco, comienza de nuevo a cerrarse. El viento nos azota con fuerza, acompañado de nieve helada. Con dificultad podemos ir eligiendo el lugar por el cual hay menos nieve acumulada para pasar. En ocasiones tenemos que apartarnos incluso las gafas de ventisca para tratar de ver algo… Está realmente complicado.

    La temperatura es baja y con el viento y el movimiento en la moto, la sensación térmica estará por los -40ºC, pero con tanta actividad para lograr avanzar unos metros, no nos damos cuenta de ello. Es una verdadera odisea, pero voy disfrutando de ella. ¡Está genial tanto esfuerzo para ir superando poco a poco las dificultades! Al ver el trabajo en equipo tan bien coordinado y teniendo todos en mente el objetivo a cumplir, ya estoy completamente segura de que al menos a la estación llegaremos. Otra cosa será lo que encuentre allí con las sondas, pero ya sé que voy a llegar a ellas.



    Estando en medio de uno de estos atascos con las motos, en un tremendo ventisquero, aparece el vehículo oruga de los uruguayos. ¡Genial, a tiempo! Dan varias pasadas hacia delante y hacia atrás por la zona, para tratar de compactar un poco la nieve, pero aún así las motos no suben la cuesta llena de nieve. Las atamos con una cuerda a la oruga y así suben la pendiente… Ahora ya, los dos kilómetros que nos quedan por recorrer son más sencillos.



    Un último atasco a tan sólo unos 400 metros de nuestro objetivo. Se quedan ellos liberando los vehículos mientras salgo yo con las raquetas a la estación. Una vez que logro alcanzarla, poso mi mochila en el suelo sobre la nieve, buscando protegerla un poco de la ventisca. Comienzo a preparar todo lo que me hace falta, mientras siento con fuerza el latir de mi corazón. Entre mis nervios y la lentitud de los movimientos a causa del frío, me siento realmente torpe. ¿Podré solucionar algo? Al menos que pueda dejar las sondas funcionando a partir de ahora…
    • Una verdadera odisea
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