Últimos comentarios

Selecciona una categoría:

Blog: Karmenka desde los Polos

  • Nochebuena en la Base Artigas y Navidad en la pingüinera de Ardley

    Nidos de pinguinos en Ardley

    Casi sin darnos cuenta llegaron las fiestas navideñas. En estos lugares se pierde por completo la noción de tiempo, ni se sabe el día del mes en el que se está y mucho menos si es lunes, martes, miércoles… o qué otro día de la semana. Se llega a olvidar uno hasta del mes en el que se está, así que imaginaros. Da igual. Es otra noción diferente.

    Ahora que escribo esta realidad soy consciente de que ese es seguramente el secreto por el que el tiempo parece pararse en estos lugares. No lo contamos, no lo encasillamos, apenas miramos el reloj… de alguna manera el tiempo es libre, no ha conseguido el hombre etiquetarlo, catalogarlo, y por eso la libertad que el tiempo lleva de forma natural, te envuelve y te sientes libre. No te sientes estresado y sin embargo no paras de hacer cosas. ¡Ojalá en el mundo civilizado se pudiera volver a esto!

    Con esta noción tan especial del tiempo, llegó la Navidad y la nueva dotación de la Base Artigas, nos invita a pasarla con ellos. Fue una blanca navidad como en el invierno del hemisferio norte, pues se pasó todo el 24 nevando hasta la mañana del 25. Tas hacer un muñeco de nieve, llega Papa Noel con regalos para todos. Como en familia pasamos la tarde juntos, se termina de preparar la cena, se hace un picoteo para aguantar hasta la hora de la cena que es más tarde de lo habitual. Cenamos todos juntos, brindamos… Es una nueva dotación entre la que se empiezan a establecer los lazos de una verdadera familia para pasar todo el año juntos y no han dudado por un instante en acogernos entre ellos en estos días tan especiales.  

    Para el día de Navidad, el 25, quería algo especial. Llevaba tiempo con una idea en la mente, que por cuestiones del trabajo y la meteorología todavía no había podido llegar a realizarlo. Tenía el deseo de ir hasta la pingüinera de Ardley. Es un verdadero paraíso. Se trata de una isla que está unida a la de King George -en la que estamos- por un istmo. De manera que conociendo las tablas de mareas, en bajamar se puede cruzar sin necesidad de zodiac. Desde Capitanía de Puerto Bahía Fildes, el segundo -Felipe-, me pasa esta información. Tengo 4 horas a mediodía del 25 para poder cruzar por el istmo y regresar a pie antes de que la marea suba y cubra esta unión entre las dos islas.

    Al levantarme el 25 por la mañana, lo primero que hago es observar el cielo, fijarme en el viento… Está nublado y parece que va a caer algo de nieve, pero tengo que intentarlo. Preparo mi mochila con el equipo fotográfico, las bolsas estancas para protección en caso de que nieve, mi ropa de abrigo y me pongo en marcha. Tengo un largo camino por recorrer hasta llegar al istmo.

    Aunque no hace mucho frío, la sensación térmica baja por causa del viento, que es bastante fuerte. Sin embargo no soy consciente de ello, mi mente durante todo el camino va ya flotando en otro mundo, pensando sólo en el paraíso natural en el que me voy a inmiscuir en breve.

    Y así es. Llego a Ardley, cruzo por el istmo. ¡Qué buena y certera información me pasó Felipe con los datos de la bajamar y la franja horaria en la que podría atravesar a pie!

    Es un verdadero santuario de pingüinos. Miles de estas simpáticas aves habitan la isla. Habitualmente se pasan la mayor parte del tiempo en el mar, donde muestran sus fantásticas habilidades, sin embargo ahora están prácticamente todas en sus nidos, cuidando y dando calor a sus crías. ¿Sabéis? Se han adelantado con las crías… otro signo de que el calentamiento global está haciendo mella. En esta época esperaba encontrarlos incubando y si acaso alguno un poco más adelantado con las crías recién nacidas. Y sin embargo me encuentro con los polluelos en todos los nidos y ya algo grandecitos.

    ¿Sabéis que los pingüinos son gregarios y muy sociables? La especie que abunda en esta isla es el papúa, hay algunos riscos con el adelia y de vez en cuando aparece algún barbijo. Todas ellas alcanzan un tamaño aproximado de 70 cm., y durante el invierno emigran a regiones donde el mar está descongelado ya que se alimentan de peces, pequeños crustáceos y cefalópodos. Regresan a las pingüineras a mediados de octubre. Ponen dos huevos y la incubación se realiza por los dos integrantes de la pareja, alternándose. Las crías de los adelia siempre van algo más adelantadas y son algo más grandes.

    Es todo un privilegio avanzar entre los nidos, por las zonas más despejadas para no molestarlos, siempre muy despacio, en medio de riscos próximos al mar y con el casquete glaciar de la isla Nelson como telón de fondo por un lado y nuestro glaciar Collins por el otro.

    Adentrarte en este paraje tan espectacular, rodeado de ellos, viendo que no los perturbas, escuchando sus cánticos,… hace que te sientas como en otro pequeño paraíso. Observándolos y observándolos me quedo ensimismada, el tiempo se pasa volando y cuando me quiero dar cuenta, queda el tiempo justo para regresar cruzando el istmo antes de la subida de marea.

    Hago un montón de fotografías y grabaciones. No me ha dado tiempo ahora a editaros un video con las tomas que realicé, pero lo tendréis… Probablemente regresaremos a España y continúe preparados vídeos y subiéndoos al blog una gran cantidad de cosas que no me da tiempo ahora a mostraros. De momento os dejo unas fotos para que disfrutéis de este entorno.

    Al dejar Ardley, tomo un atajo en el camino, por una trepada en una zona de acantilados en la costa. Con la marea baja es posible seguir este camino, que además me conduce directa a Capitanía de Puerto Bahía Fildes. Quería pasar a saludar a la gente de la Armada, a decirles un “Feliz Navidad” y agradecerles la información tan certera con la bajamar, que hizo posible este cruce a la pingüinera.

    Me ven helada y me sacan algo caliente… que terminó siendo una completa comida. Era ya media tarde y comí con ganas. Entonces me di cuenta que llevaba todo el día fuera, a la intemperie, que el recorrido total a pie supone unos 25 kilómetros, que no había desayunado, ni me había llevado nada de comer conmigo -de la ilusión que tenía por pasar el día de Navidad en el paraíso de la pingüinera-.

    Me sentía muy reconfortada, me iba llenando de energía y percibía el aprecio de la nueva dotación de Fildes. Una dotación se va, otra nueva llega y qué hermoso es ese cambio en el que no se pierde el espíritu antártico y mantiene su continuidad. Ese sentir y percibir que te encuentras en casa de nuevo. No eres un extraño. No estás sin hogar por estos lugares.

    Recuperada por completo retomo de nuevo el camino, me quedan todavía 6 kilómetros por recorrer para llegar al campamento. “¡Qué día más bonito de Navidad!”, voy pensando para mis adentros. Lejos del mundanal ruido del mundo civilizado, alejada por completo de ese mundo consumista que lo es más todavía en estas épocas navideñas.        

    Ver galería

    Etiquetas:

  • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños

    Efectivamente amanece un día fantástico en la Antártida. El cielo completamente despejado, ni una sola nube. Debido a su proximidad con el estrecho del Drake, es una zona tremendamente complicada para la meteorología y es muy extraño poder observar el cielo completamente azul. De hecho, creo, que con todas las campañas antárticas que tengo en verano, es la primera vez que lo veo así de luminoso.



    Tras el desayuno, me preparo para salir al exterior y poder hacer unas cuantas fotografías del entorno en estas condiciones. A pesar del sol seguimos con temperaturas bajas de -12ºC, pero la ventaja es que el viento apenas llega a los 15 nudos, y por tanto no nos hace descender exageradamente la sensación térmica.

    Roberto, el Capitán de Fildes, me informa que el Hércules C-130 chileno ha salido de Punta Arenas y viene hacia acá. Ha confirmado también que estoy considerada como pasajera para regresar a Punta Arenas, y me indica que me solicitan estar a las 10:40 en el aeropuerto. Sonrío, al final parece que todo va a salir bien.



    Todavía con algo de penumbra abandono Fildes, quiero subir alguna colina próxima para tener unas buenas vistas de la zona y poder hacer alguna foto bonita, cuando salga el sol e ilumine la zona. No tengo mucho tiempo al solicitarme estar tan pronto en el aeropuerto. ¡Vaya, podían haber esperado un poco…!

    Debo llevar la cámara envuelta y protegida del frío, para que me permita trabajar con ella. La mantengo además próxima a mi cuerpo para pasarle algo de mi calor corporal. A pesar de los cuidados, tengo que tener precaución cada vez que la saco al exterior, pues no aguanta mucho tiempo a la intemperie.



    Ando ligera, a medio carrera en las zonas que el hielo me lo permite. La nieve está helada de la noche y es muy fácil resbalar. ¡Qué maravilla de paisajes! Poco a poco voy ganando altura y sorprendiéndome a mí misma de lo espectacular de este día. El sol va saliendo poco a poco y las luces, según cobran intensidad, cambian por completo el entorno.

    Tengo una magnífica vista panorámica de la Base Rusa Bellingshausen y las chilenas Frei y Fildes al fondo. La bahía que en verano sostiene tanta vida, ahora tiene helada ya una buena parte. La barcaza de los rusos “Anderma”, en la costa, marca muy bien el inicio de lo que era antes agua… Ahora, todo hielo.

    El sol, debido a la latitud elevada y la época invernal en la que estamos, hace su recorrido muy cerca del horizonte. Sí, tenemos la desventaja de las pocas horas de luz, pero al mismo tiempo cuando -como hoy amanece un día así de despejado- la luz es muy hermosa. Al ser tan rasante, parece cubrir todo con un baño de oro líquido. Voy haciendo alguna fotografía, recogiendo la cámara de vez en cuando para protegerla del frío, esperando a que siga ascendiendo un poco el sol y me cambie las luces del paisaje y volviéndola a sacar con cuidado, para continuar captando con las imágenes la maravilla que tengo ante mí.



    En estos ratos de espera, me dedico a contemplar el paisaje que me rodea. Tras haber conocido la dura ventisca de estos días pasados, me quedo realmente absorta del fabuloso día de hoy. Mi mente desconecta por un momento de la realidad y tengo la sensación de estar viajando por el espacio, llegando a un lugar hermoso, de esos que sólo existen en los sueños, e impregnándome de una luz dorada, limpia, pura, que me llena de una energía tremendamente positiva. Despierto de mi sueño… ¡no, no era un sueño! Esta vez ha sido todo real. Me encuentro tremendamente feliz y soy consciente de lo afortunada que he sido. Han tardado meses en tener este día aquí en la Antártida, y yo he tenido la suerte de vivirlo en mi viaje tan efímero a la zona. Tremendamente afortunada. Respiro profundamente, me lleno de nuevo de la belleza del entorno y otra vez una inmensa sensación de paz y armonía se instala en mi interior. Sé que será un recuerdo imborrable en mi vida.



    Es hora de regresar a Fildes. Una vez allí recojo mi mochila -que ya había dejado preparada- me despido de la gente de la dotación y Roberto me sube en moto al aeropuerto. El Hércules todavía no ha llegado, pero en la normativa de FACH nos exigen siempre estar antes de su aterrizaje, si vamos a tomar el avión. No pierdo el tiempo, como la zona del aeropuerto es también una parte elevada, continúo con mis fotos. El sol sigue subiendo y las luces cobrando intensidad.



    Consigo fotografiar la entrada del Hércules y continua la espera mientras proceden a la descarga de todo lo que traen y cargan lo que sacan de estas tierras antárticas. Son las 13:30 cuando me piden subir al avión. Por seguridad y aunque el día está con visibilidad, parten antes de que se meta la noche en la zona. Me despido de Roberto y me siento torpe con las palabras para poder expresarle el agradecimiento por todo el apoyo que me han brindado. Hay acontecimientos en la vida para los que no hemos sido capaces de crear el lenguaje adecuado…



    En el Hércules -sentada en esas redes rojas- mi cuerpo viaja a Punta Arenas mientras mi mente recorre una y otra vez las odiseas, aventuras, peripecias, incidentes y anécdotas de los últimos días. Es increíble que un viaje tan corto me deje completamente llena de vivencias de tanta intensidad.

    De repente una tremenda sacudida me vuelve a la realidad. Estamos aterrizando en Punta Arenas bajo condiciones muy fuertes de viento. Al levantarme, un par de chilenos que tenía sentados frente a mí y que regresan también a esta capital austral, me dicen: “Pareces la felicidad personificada. Durante todo el viaje tu cara reflejaba una inmensa alegría”. Sonrío, “no puede ser de otra manera, fue un viaje tan breve y fugaz como hermoso”.

    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños
    • Viaje tan breve y fugaz como hermoso… propio de los sueños

    Etiquetas:

  • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley

    Uno de los sitios más bonitos y que siempre me gusta visitar cuando voy a Rey Jorge en la Antártida, es la isla de Ardley. Esta pequeña isla está unida a Rey Jorge con un istmo, que  estando pendientes de las tablas de mareas te permite cruzar a ella sin necesidad de zodiac.

    Se puede llegar al istmo por un camino más largo o por un atajo. A mí me gusta este último, se avanza por el borde la playa y después hay que hacer una trepada por una zona de acantilados en la costa. Desde lo alto la vista es maravillosa, alguna foto nueva siempre hago cada vez que subo.



    Antes de alcanzar el istmo, hay una playa que suele tener focas de Weddell. Me gusta observarlas. De cuerpo redondeado, moteado, más oscuro por el lomo y más claro por los flancos y el vientre, pueden llegar a alcanzar los 3 metros. Con su cabeza pequeña, casi sin cuellos y sus ojos saltones, su expresión es… ¡de niña buena!





    Tras atravesar el istmo y avanzar por el interior de la isla, me maravilla siempre la cantidad de musgo que cubre una buena parte. Parece una verdadera alfombra de un gran espesor y entretejida con una gran gama de verdes. ¡Qué resistentes son! Expuestos a la rudeza del invierno de la zona y cubiertos por varios metros de nieve, aparecen de nuevo en el verano, frescos como si nada hubiera pasado.

    En un pequeño risco y antes de llegar a la pingüinera, hay un montón de nidos de petreles gigantes. Me encanta observarlos de cerca, sus peculiares picos… y maravillarme cuando extienden sus alas y con esa gran envergadura comienzan a volar. ¡Quien pudiera...!





    Avanzando un poco más, se alcanza el cerro donde se encuentra el faro de Ardley. Es peculiar esta imagen de la isla con su faro en la parte más alta de la misma, rodeado de pingüinos. De lejos parece una cabeza rapada con algunos pelos de punta.





    Si bien a lo largo de todo el recorrido uno ya se va encontrando con pingüinos, al adentrarse en esta zona uno cree internarse en un verdadero santuario de pingüinos. Miles de estas simpáticas aves habitan la isla. Se pasan la mayor parte del tiempo en el mar, donde muestran sus fantásticas habilidades. Son gregarios y muy sociables. Las especies que aquí hay son: el pingüino barbijo, el adelia y el papúa. Todas ellas alcanzan un tamaño aproximado de 70 cm., y durante el invierno emigran a regiones donde el mar está descongelado ya que se alimentan de peces, pequeños crustáceos y cefalópodos. Regresan a las pingüineras a mediados de octubre. Ponen dos huevos y la incubación se realiza por los dos integrantes de la pareja, alternándose. Las crías de los adelia siempre van algo más adelantadas y son algo más grandes.







    Es todo un privilegio avanzar entre los nidos, por las zonas más despejadas para no molestarlos, siempre muy despacio, en medio de riscos próximos al mar y con el casquete glaciar de la isla Nelson como telón de fondo.





    Adentrarte en este paraje tan espectacular, rodeado de ellos, viendo que no los perturbas, escuchando sus cánticos,… hace que te sientas como en otro pequeño paraíso. No sé, pero es tan extraño a veces, pensar que tantos lugares dentro de la Antártida me hacen percibir esa sensación de tranquilidad, de paz. Es como si el tiempo se detuviera y te adentraras en un lugar mágico. Tengo la sensación de ser una niña entrando en uno de sus cuentos preferidos y encontrando real todo lo que su imaginación pudo algún día crear.





    Observándolos y observándolos me quedo ensimismada, el tiempo se pasa volando y cuando me quiero dar queda el tiempo justo para regresar cruzando el istmo antes de la subida de marea.
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley
    • Un verdadero paraíso: la pingüinera de Ardley

    Etiquetas: