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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Sencillamente, GRACIAS

    Sí, a ti…, a ti…, a ti también, a todos y a cada uno de vosotros. Es un agradecimiento a todos los que nos habéis estado acompañando en esta expedición, habéis estado pendientes de cada siguiente artículo. A los que habéis disfrutado con nuestras alegrías y os habéis entristecido con nuestras dificultades. A los que habéis sido capaces de hacer vuestras, cada una de nuestras sensaciones. Estando en la distancia habéis logrado manteneros cerca, a nuestro lado, apoyándonos, dándonos ánimo en los momentos duros y complicados.

    A los escolares que nos acompañaron virtualmente en la expedición, ya les había escrito antes de que terminasen sus clases para darles las gracias, pero me quedáis vosotros. Y os voy a llamar también, “jóvenes expedicionarios”, porque habéis vivido día a día la expedición con nosotros y sois jóvenes. Para mí la juventud no está en los años que se viven, que a eso lo llamo experiencia y sabiduría, para mí, la juventud es el espíritu, el niño, la niña, que todos llevamos dentro. Y vuestra ilusión al acompañarnos virtualmente durante estos meses, es la mejor señal de que puedo deciros, “jóvenes expedicionarios”.

    Pues sí, a todos vosotros, no sé cómo deciros que os estoy tremendamente agradecida. Solo se me ocurre, con cariño dedicaros una sonrisa emocionada y la palabra mágica “GRACIAS”.

    • GRACIAS

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  • Sensaciones pululando por mi mente

    Salamanca. Llegada del Ártico. De -16ºC (bajo cero, ¡sí!) a 40ºC (sobre cero, ¡sí!).

    Asfixiada. No soy persona. Necesito aquel fresquito. Mi mente remolona está allá todavía. ¡Es una privilegiada!

    Me pesa todo el cuerpo. No soy capaz de hacer nada. Completamente desubicada. Tumbada en la cama casi desnuda. Delante, ese cuadro en penumbra. Mi primera inmersión en Svalbard.

    Con la mirada penetro en el mágico paraíso de los hielos. Sonrío. Es del 2001. Estamos en el 2017.

    Glaciares. Me regaláis una paz infinita. Me brindáis felicidad inmensa. Me hacéis sentir tremendamente afortunada. 

    Y tristemente desaparecéis a toda velocidad…

    Yo solo soy un diminuto personajillo. Navego continuamente entre el mundo de los hielos y el mundo civilizado. Avisando, alertando. Esta es la realidad de las regiones polares.

    ¡¡Hola!! ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha? ¿Alguien me entiende?

    Silencio… Todo sigue igual. Me invade la tristeza. ¿Qué puedo hacer? Habrá que olvidar ese deambular entre los dos mundos…

    Me quedo dormida. Sueño…

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    Despierto. No, no es un sueño. O, sí lo fue... Pero se ha fundido con la realidad.

    Un momento… ¡Eh! ¿Qué escucho?

    Parecen vocecitas, suaves, lejanas. Risas infantiles, jóvenes, sinceras. Cada vez más cerca. Es ya un griterío. Contagioso alborozo. Ilusión desbordante.

    Corean armoniosamente: “Karmenka, Karmenka, estamos aquí. No te olvides de nosotros. Mucha suerte en la próxima expedición.”

    Emoción intensa. Un mar de lágrimas en mis ojos. Un mar que me brinda sus aguas. Un mar que hay que cruzar navegando. Este personajillo tiene que seguir surcando las aguas entre los dos mundos. El de los hielos y el civilizado.

    A ellos… sí le importa. Y ellos estarán mañana… Con eso es suficiente.

    • El mundo de los hielos

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  • ¿Por qué?

    El hoyo en la nieve helada avanza y por fin empieza a aparecer algo…

    ¿Qué es? Un tornillo de expansión comúnmente llamado bolt, de los que clavamos en la roca para sujetar la barra metálica a la que fijamos las sondas. ¡Eh! ¡¡Pero no está la barra!! ¿Qué pasa? Seguimos avanzando con el agujero en la nieve y aparece un segundo… y un tercero… y así llegamos hasta un sexto. Según va apareciendo cada bolt, dentro de mí recibo una especie de golpe, de sacudida.

    Parece que no está la estación y todo apunta a que haya sido una labor humana, no un efecto producido por la naturaleza. Si hubiera sido por una crecida importante del río, se hubieran aflojado los tornillos clavados para posteriormente soltarse la barra. Pero no, los bolts están ahí, completamente fijos. Siguen anclados en la roca porque estaban muy bien instalados. Da la sensación de que con una llave desenroscaron las tuercas y sacaron la barra metálica y con ella las sondas instaladas en el fondo del cauce del río.

    El tiempo se para. Tengo la sensación de estar atrapada en un silencio absoluto. Si tuviera que explicar qué es la nada, describiría este momento. A continuación es todo lo contrario, recorren mi mente en cuestión de segundos y a velocidad de la luz, un sinfín de imágenes que captan en un abrir y cerrar de ojos, todo el esfuerzo personal y económico que durante años ha supuesto el mantener esta estación que ya no existe y el trabajar en ella. Sacrificios, condiciones duras, muy duras a veces. Casi inhumanas en ocasiones, en serio, ¡creedme!. No me apetece ahora describirlas. Quién sabe, a lo mejor algún día, cuando el tiempo siga su avance imparable, me siente ante el ordenador y os narre algunas de las anécdotas de esta estación, que ya forma parte del pasado… Pero, ¿qué importa ahora?

    Datos perdidos desde el 2009, medidas cada hora registradas desde entonces… ¡¡Todo eso desaparecido!! ¿Por qué? ¿Por qué no nos han contactado antes? ¿Por qué? ¿Por qué?... No entiendo al mundo. No entiendo a la gente. A nadie le importa nada. Qué más da que el hielo se funda a toda velocidad…

    Cambiamos de planes. Ya no reinstalamos esta estación. No tiene sentido. Sin datos desde el 2009… No merece la pena seguir midiendo con esa laguna tan grande de datos. Con el teléfono satelital contactamos al helicóptero. Adelantamos nuestra salida. Mañana por la mañana nos viene a recoger.

    Tarde-noche preparando y embalando todo el material de nuevo para tenerlo listo a la llegada del helicóptero a la mañana siguiente. A pesar del ajetreo entre bolsas, equipo y cajas, ya no lo puedo ocultar más, ni mantener dentro de mí por más tiempo. Tengo que liberar del interior esa presión que a modo de latidos me sacude con fuerza. Esas lágrimas cómplices resbalando por mis mejillas son las encargadas de favorecerme ese escape … Me siento triste. Ya me animaré. Pero en este momento necesito entenderme a solas con esa desazón e impotencia. Claro que pasará y seguiremos adelante con nuevos planes y pensando en positivo, pero eso no implica que no pueda sentirme triste… La resiliencia está ahí y me empujará a seguir proyectando hacia el futuro, como no puede ser de otra manera. Esto terminará pasando a ser solo un desafío más. Pero en este momento toca mirar cara a cara a ese sentimiento de tristeza que en mi interior se ha generado.

    • No está la estación del Ártico Sueco

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  • Llegó la hora de la verdad

    Ahora sí, os voy a terminar de relatar a todos el final de la expedición al Ártico Sueco.

    Cuando la temperatura empezó a subir ya de 0ºC durante las horas centrales del día, y las mínimas nocturnas estaban bajo cero, pero muy cerca de este valor, nos pusimos manos a la obra. Mañana será el gran día. Buscaremos las sondas bajo la nieve y podremos salir de dudas sobre su existencia o no.

    La noche anterior preparamos la estrategia. Lo primero es observar bien y estudiar las fotografías que tenemos de cuando hicimos la instalación de la estación. Cualquier pista nos puede venir bien a modo de guía cuando empecemos mañana a abrir el hoyo en la nieve y tengamos que ir redirigiendo hacia dónde continuar.

    Me meto en el saco con una cierta preocupación y una cierta ilusión. Es extraño que hayan quitado la parte de arriba de los lectores y no la de abajo, la que está metida en el río. Pero por otro lado, si lo hicieron en verano y el río llevaba bastante agua, las que están allí fijas no las habrán podido sacar… Es una duda en la que no tiene sentido seguir pensando, probablemente mañana encontremos la solución. Me quedo dormida rápidamente, el cansancio de trabajar día tras día a la intemperie en estas condiciones árticas, termina pasando su factura.

    Me despierta el calor dentro de la tienda. ¡Claro! Acostumbrados como estábamos a las bajas temperaturas, cualquier pequeña subida lo nota el organismo rápidamente. El día está despejado, como no hay noche, el sol lleva unas cuantas horas calentando el aire del interior de la tienda. Día perfecto para comenzar la búsqueda. Tras un buen desayuno energético, un baño en el río bajo este sol con su luz rasante -propio de las zonas polares- es la mejor manera de empezar una jornada ártica.

    No duró demasiado el sol visible y pronto empezó a soplar un viento fuertecillo y más bien fresco. Condiciones que hacen, que con más ganas, Carlos y yo fuéramos abriendo el hoyo en la nieve. Tenemos una pequeña azada que habíamos llevado con nosotros y junto con una pala que encontramos al lado de una de las puertas de la estación científica próxima, empezamos la tarea. El sol solamente había ablandado un poco los primeros centímetros de la superficie de la nieve. El resto está dura, helada. Así que la estrategia diseñada es, uno emplear la pequeña azada a modo de pico y acto seguido el otro con la pala, retirar esa nieve.

    El trabajo de estudio y observación que habíamos hecho la noche anterior con las fotografías nos hizo adelantar tiempo y ahorrar trabajo. Pues según empezamos a apartar la nieve y comenzamos a ver lo que nos iba aflorando, redirigimos la zona central del hoyo. La verdad es que trabajar con Carlos es una gozada, porque además de estar con las cámaras grabando, está siempre ahí a pie de cañón, ayudándome con la tarea que toque, en este caso la de apartar la nieve. Cuántos operadores de cámara, escudándose en su trabajo de grabar, no se hubieran molestado en coger la azada o la pala y de remangarse mano con mano conmigo para picar y apartar la nieve helada.

    El cielo ya está completamente encapotado, el viento es más fuerte y más frío y es necesario trabajar en la nieve con ganas para no quedarse helados. En uno de esos momentos de recuperación, mientras es Carlos el que pica la nieve y yo espero mi turno para entrar en el hoyo, un sinfín de pensamientos pasan por mi mente.

    Por un lado, veía a Adolfo allá atrás pendiente del resultado. Por otro, observaba las cámaras en sus trípodes que tenía Carlos grabando y finalmente contemplaba a éste, dándolo todo por ayudarme en la misión de la búsqueda de las sondas. ¿Estarán o no estarán?, ¿nos las habrán quitado?, ¿estaremos sin datos o tendremos todo en orden y funcionando? Por un momento me puse en el caso de la alternativa no deseada. Una punzada me hizo daño dentro. En seguida pensé que era una suerte no estar allí sola.

    Después no sé qué paso, en un abrir y cerrar de ojos, me evadí de esas reflexiones y no sé cómo, me encontraba observando todo esto desde arriba, como si fuera el dron de Carlos sobrevolando y grabando para siempre la situación. Nos vi allí a los tres, cada vez más lejos, más abajo, más pequeñitos, mi punto de vista cada vez más arriba. Todo era blanco, esa inmensidad del ártico. Nosotros éramos ya unos insignificantes puntitos en la nieve. Seguía subiendo y subiendo y no pude seguir contemplando lo que acontecía allá abajo porque me perdí entre las nubes. De repente, volví a la realidad. “¡Eh, Carlos!, es mi turno. ¡Descansa!”. No sé cuánto tiempo había estado ensimismada en mis pensamientos, pero a juzgar por toda la nieve helada que Carlos había picado, fue un buen rato…

    • Cavando en la nieve helada para buscar la estación

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